• Soraya Sáenz de Santamaría se va y deja a Pablo Casado sin excusas para relanzar el PP

Soraya Sáenz de Santamaría puso fin ayer al suspense que mantenía sobre el futuro, después de su derrota en el Congreso del PP del pasado mes de julio frente a Pablo Casado.

La ex vicepresidenta anunció su retirada de la política y deja así vía libre al presidente del PP para relanzar el partido sin presencias incómodas ni fantasmas del pasado. En el comunicado oficial de su abandono -del que informó antes personalmente a Pablo Casado- ella misma señaló que su decisión es «la mejor», tanto para «la nueva dirección del PP» como para su propia «familia». La que fuera principal colaboradora de Rajoy durante casi 10 años no ha querido jugar en el PP de Casado un papel secundario, una vez que fracasó en su intento de convertirse en presidenta del partido.

La dirección del partido le había ofrecido una silla -de vocal- en el Comité Ejecutivo y, eventualmente, la Presidencia de alguna comisión parlamentaria. Se trataban de puestos de consolación aceptables para cualquier dirigente derrotado en un Congreso, pero no para una mujer que fracasó en su aspiración de ser la número uno, tras cumplir una década como número dos de Mariano Rajoy. Sáenz de Santamaría tampoco valoró nunca la hipótesis de concurrir como candidata del PP al Ayuntamiento de Madrid, posibilidad que ya había rechazado en las elecciones de 2015, al no querer cambiar su puesto de vicepresidenta para concurrir a unos comicios inciertos para su partido.

La retirada de Soraya Sáenz de Santamaría ha sido recibida por el equipo del presidente del PP con un suspiro de alivio. Aunque ella confirmó que su abandono de la política ha sido producto de una «profunda reflexión» en su descanso veraniego, la ex vicepresidenta ha querido escenificar su retirada paulatinamente. Haciéndose valer. Paso a paso. Sus gestos han sido más elocuentes que sus declaraciones públicas, casi inexistentes desde el Congreso del PP. Primero dejó su silla libre en el estreno de Pablo Casado como líder ante la Junta Directiva. Después le dio plantón en la primera reunión del Grupo Popular en el Congreso. El pasado fin de semana, faltó también a la Junta Directiva convocada por Casado en Barcelona.Ella había dicho en los pasillos del Congreso de los Diputados -donde fue simbólicamente relegada en el Hemiciclo a un escaño alejado de la dirección- que sólo comunicaría públicamente la decisión sobre su futuro una vez que hubiera informado al presidente del PP. Cosa que sucedió ayer mismo. Casado y Sáenz de Santamaría mantuvieron un encuentro de una hora en el despacho del primero, que fue calificado por ambos como «cordial».

El líder del Partido Popular se limitó a despedir a su adversaria en el Congreso con un mensaje en la red social Twitter. Su presencia -aunque fuera en ausencia- era engorrosa para la nueva dirección del partido, ya que obligaba al presidente y a sus colaboradores a responder a preguntas sobre la «integración». Se trata de un concepto molesto para todos los partidos que han pasado por procesos de elecciones internas en primarias, siempre traumáticos y divisivos. A nadie le gusta ser acusado de purgar al adversario interno.La dirección encabezada por Pablo Casado -algo molesta por la escenificación que Santamaría ha hecho de su marcha- considera que «el grado de integración de la candidatura perdedora ha sido enorme, se ha integrado a todo el que ha querido en el Comité Ejecutivo y en los grupos parlamentarios». De todos los fieles de la ex vicepresidenta del Gobierno, la única que tampoco ha querido ningún cargo es la ex ministra Fátima Báñez, a pesar de que el secretario general del PP le ha ofrecido varios puestos. El nuevo presidente ha empleado asimismo el mes de agosto en viajar a las comunidades autónomas que respaldaron a la ex vicepresidenta en el Congreso -Andalucía, País Vasco, Castilla y León- para firmar la pipa de la paz con los presidentes de las organizaciones regionales.

Soraya Sáenz de Santamaría no podía tener un papel destacado en el Partido Popular de Pablo Casado. En primer lugar, por la frustración de no ver colmada la -legítima- ambición de ser la líder del PP, a pesar de contar teóricamente con las cualidades necesarias para ello. O César o nada, dice la célebre sentencia. A lo que hay que añadir la dolorosa constatación -clave en su derrota interna- del odio que Sáenz de Santamaría suscitaba en muchos sectores del partido.Pero también porque de ningún modo hubiera podido jugar la baza de una alternativa interna al liderazgo de Pablo Casado, a la espera de un tropiezo del presidente.

El ejército que la respaldó en el congreso es una milicia dispersa que ella no está en condiciones de liderar. El llamado sorayismo no existe más allá de un puñado de colaboradores leales a ella y que la llevaron en volandas a ser candidata como némesis de Dolores de Cospedal. Triunfó por todo lo alto como gestora y fracasó cuando tuvo que pasar de las leyes a la política. Y la política se hace a través de los partidos. Sin liderar un partido, no se puede llegar a La Moncloa, que es -en definitiva- el puesto de alto mando donde ella se ha sentido más cómoda y poderosa en toda esa vida que ahora ha llegado a su fin.

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Sep 11, 2018 06:32 UTC
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