Pars Today- Era uno de los compañeros del Profeta (la paz sea con él y su familia). Se encontraba en días muy difíciles y amargos. Era tan pobre que no era capaz de proporcionar el alimento diario a su familia. Cuando miraba la inocente cara hambrienta de sus hijos, la vida se le tornaba oscura.

No sabía qué hacer. No tenía ningún capital para hacer negocios o herramienta alguna para utilizarla en un trabajo. Él habló con su esposa. No era posible continuar con esa situación. La mujer dijo: “El Profeta es misericordioso y se preocupa por las necesidades de los pobres. Si se entera de la situación en que nos encontramos, sin duda, nos ayudará”. Al hombre le gustó la propuesta de su esposa y acudió al Profeta (P).

 
Ya, delante del Profeta, estaba avergonzado. No sabía cómo presentar su petición. Aún no había dicho nada, cuando el Profeta dijo: “Quienquiera que nos pida ayuda, lo ayudaremos, pero si alguien no pide a los creyentes, Dios hará que ya no necesite nada”. Cuando escuchó estas palabras, no pudo decir nada más, regresó a su casa sin haber hecho ninguna solicitud.
El hombre y su familia seguían viviendo en la pobreza. Pasaron otros días de la misma manera, pero no había otra alternativa y estaban hartos de la presión de la vida. Por segunda vez, el hombre acudió al gran profeta del Islam. Pretendía hablar de sus problemas y pedirle ayuda, pero antes de expresar algo, el Profeta repitió las mismas palabras: “Quienquiera que nos pida ayuda, lo ayudaremos, pero si alguien no pide a los creyentes, Dios hará que ya no necesite nada”. El hombre regresó a su casa nuevamente sin decir su petición.
 
Ya no sabía qué hacer, pero la dificultad de la vida se hacía cada vez más insoportable. Entonces, se dijo a sí mismo: “Esta vez, cuando vea al Profeta, le pediré ayuda de todos modos”. Por tercera vez, acudió al Profeta, pero esta vez tampoco pudo hacer su petición. El gran profeta del Islam repitió la misma frase: “Quienquiera que nos pida ayuda, lo ayudaremos, pero si alguien no pide a los creyentes, Dios hará que ya no necesite nada”.
 
Esta vez, cuando escuchó estas palabras, el hombre sintió haber encontrado la solución a sus problemas. Pensó, para sí  mismo, que podía confiar en Dios y aprovechar de la fuerza y el talento que Dios le había otorgado, y le pido a Dios que le ayude en su emprendimiento.
 
El hombre se preguntó a sí mismo: “¿Qué puedo hacer?”. Pensó  ir al desierto, recoger madera y venderla en el mercado. Prestó un hacha y se fue al desierto, recogió leña y la vendió en el mercado. Ganó algo de dinero con lo que compró alimentos y se fue a casa. El resultado de su esfuerzo fue tan agradable para él que, en los días siguientes, estaba más motivado para ir al desierto, recoger leña y venderla. Se levantaba muy temprano en la mañana para tener más tiempo y recoger más leña. Una parte de sus ingresos la gastaba en alimentos para su familia y guardaba la otra. Compró las herramientas que necesitaba, de modo que ya no necesitaba a los creyentes, pues había ganado mucho dinero. Un día, el Profeta se encontró con él y, con una sonrisa, le dijo: “No te dije que ayudamos a cualquier persona que nos pida ayuda. Pero si alguien no pide a los creyentes, Dios hace que ya no necesite nada”.
 

La aleya 39 de la sura La estrella (An naym) dice: que el hombre sólo será sancionado con arreglo a su propio esfuerzo.

 

Jun 14, 2018 02:56 UTC
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